Estar así era como visitar el lugar donde yacía la obra predilecta. La creación. La máxima emoción. Estimular siendo ya de por sí estimulado era un compartir que brotaba desde la unidad de su ser y que graficaba de alguna manera su forma de sentir, su forma de percibir los entornos variados. No escribía aún buena prosa, solía preferir darle poesía (a la prosa) siendo eso visto como poco más que huachafo. Aunque incurría en errores que tendría que enmendar.
Acostumbrado a estar en la tribuna cantando y alentando a Universitario, pasaba sus tardes y tardesnoches en el estadio acompañado de gente de múltiple calaña, de variopinta vibra humana. Razas se hacían una sola raza y arengaban al equipo con canciones, percusión y también saltando, extendiendo los brazos hacia el campo de juego. Cantando. Y es que contándolo así talvez suena todo esto algo trivial, será que humanos sin percatarlo aprendemos sobre la marcha la danza que sea. Romper la norma habían dicho en el taller de narrativa básica, ahora lo recordaba. Como también recordaba algunos relatos leídos en clase.
Acostumbrado también a escribir sólo poesía estaba ganoso y curioso por el lado narrativo de aquel bello asunto que denominaba literatura. Escribir prosa era algo nuevo para él. Había leído algunos libros, no muchos en realidad, novelas y cuentos, pero lo que en realidad lo había embelesado, era la poesía. Y eso que tampoco leía mucha poesía. La gente que en realidad lo conocía sabía que Vallejo era su poeta favorito. Baudelaire, Rimbaud, Verlaine, habían sido leídos someramente, al igual que Bukowski y Poe.
Pero bueno, para no ahondar en digresiones, para no rellenar mucho este relato, la historia nos cuenta sobre un treintañero que admiraba a Cristo, siendo, el treintañero, una persona que estando en su propio proceso humano evolutivo, creía que podía mejorar como persona más allá de escribir mejor que antes. Aunque la idea de ambas situaciones, la de mejorar como persona, y la de escribir mejor que antes, le atraía por varios motivos. Por eso a veces que tenía que ir al taller de narrativa básica no podía acudir al estadio para apoyar a su manera a la U.
Pasó que una de esas tardesnoches fue al estadio y no al taller. Rompió la norma. Hizo la clásica cola que se hace para entrar. Fue revisado. Ya adentro, saludó a algunos barristas y buscó a sus amigos, uno pintor y tatuador, y el otro que trabaja para una transnacional. Uno moreno el otro rubio. Se olía un aroma muy de hermanos. Eran tres contándolo a él, eso es obvio. Y hablaron sobre la hermandad que uno de ellos había creado. Los tres amigos parlotearon desde la simpleza y la hondura de sus pensamientos. Se abrazaban, reían, miraban al cielo. Y el partido empezaba. Las jugadas eran creadas. Lo táctico imperaba mientras las canciones seguían siendo escuchadas sin descanso. La hinchada alentaba con todo. Bombos, platillos, tarolas. Voces en canciones. El equipo jugando a lo que sabía. Después de unos instantes más, el primer tiempo había culminado.
Y luego de un rato, casi a mitad del segundo tiempo, entra la pelota en el arco rival lográndose anotar el primer gol. Fue por un desborde de Carmona y un pase suyo al centro que culminó en gol de cabezazo de Piero Alva. Y así. Sin contener emoción alguna los tres amigos se abrazaron. Eso era todo, lo era todo, lo resumía todo. Uno de ellos alegre reía abrazando a los otros dos pensando que la U era el mejor equipo (los otros dos también lo pensaban), el otro era abrazado y abrazaba sabiendo que el mundo podía mejorar en el futuro. El gol los mantenía unidos. Aquel abrazo escribía mejor la definición de la palabra éxtasis. Era increíble sentirse así. El tercero en pleno abrazo soltó un: Vamos carajo!
El treintañero estaba feliz, como sólo en algunos momentos se puede estar. Pero tenía que mejorar y no sólo en su escritura, igual que el mundo, tenía que hacerlo. Mejoraría. Ahora aquella sería su opción a vislumbrar, aquella estimulante y perfumada obra predilecta.